Author : Atlas de Patrimonio Industrial en Andalucia

Sin embargo, apenas 4 años después del descubrimiento del filón Jaroso, hizo su aparición en la mina Ánimas el peor enemigo de cualquier explotación minera, el agua. Se trataba de aguas termales, a 30 metros por encima del nivel del mar, lo que hizo cundir la alarma entre los propietarios de las minas ricas del Jaroso. En Almagrera, toda la segunda mitad del XIX es la historia de la lucha entre el hombre y el agua que, al final, consiguió imponerse a cuantos esfuerzos tecnológicos se llevaron a cabo. Toda la rentabilidad de la minería cuevana quedó así condicionada por los siempre elevados costes de los sucesivos desagües.

Para luchar contra el agua existían entonces (y ahora) dos procedimientos: bombear el agua con máquinas desde pozos, o abrir un socavón para que el agua saliera aprovechando el desnivel. Incluso cabían soluciones mixtas, elevando agua un pequeño tramo hasta la galería de un socavón. En todos los casos fracasaron por el escaso espíritu asociativo de los mineros. Tan pronto como el propietario de una mina veía que el agua descendía por debajo de sus labores, dejaba de pagar. Las empresas encargadas entraban en pérdidas y acababan suspendiendo las actividades.

Los desagües mecánicos fueron tres, a lo largo de toda la mitad del siglo y del inicio del XX, en la mina Constancia de el Jaroso, en el Barranco Francés y, finalmente, en El Arteal.

Los socavones también fueron tres, buscando en todos los casos comunicar la vertiente de Poniente de la Sierra (que tiene alineación NE-SW), donde estaban casi todas las minas, con la de Levante (junto al mar).

El primer socavón lo inició la sociedad “La Infalible” en 1840 en el Barranco de la Raja, quebrando cuando sólo había avanzado 250 metros, y arruinando a muchos inversores. El hecho de haberse iniciado antes de la aparición de agua en las minas es significativo de que la idea era más ambiciosa, pretendiendo construir una vía de transporte directa desde las galerías al punto de embarque, evitando el engorroso y caro sistema de las recuas de mulas.

El segundo intento fue más modesto, y aglutinó en 1843 a numerosos mineros en la sociedad “Riqueza Positiva”, para comunicar el Jaroso con Cala Cristal mediante un túnel de más de 2 kilómetros. Los problemas financieros de la sociedad fueron continuos, y al poco de iniciarse su construcción cesó sus labores. De hecho, no se terminó hasta 25 años después y cuando llegó a la concesión San Cayetano, a una galería a 177 metros de profundidad, el agua ya estaba a un nivel inferior, por obra de uno de los desagües mecánicos. Pese a ello sí que fue de utilidad, pues evitaba a la máquina tener que elevar el agua hasta la superficie, con el consecuente ahorro en combustible.

El túnel sigue una línea prácticamente recta, con 2,5 metros de alto y 2 metros de ancho, además de una pendiente del 1 por mil.